Estos pequeños libros que quedan: el duelo, la memoria y el amor a través de la literatura
- junio 4, 2026
La biblioteca como refugio, como espejo, como duelo. Cynthia Edul encuentra en los libros el lenguaje que la vida no siempre tiene.
La biblioteca como refugio, como espejo, como duelo. Cynthia Edul encuentra en los libros el lenguaje que la vida no siempre tiene.

Las bibliotecas crecen con nosotros. Acumulan no solo títulos sino capas de tiempo. El libro que alguien nos regaló, el que leímos más de una vez, el que jamás prestaríamos, o el que prestamos y nunca volvió. El que abrimos en un momento de dolor y encontramos, casi sin buscarlo, la frase exacta que necesitábamos. Una biblioteca no es un mueble. Es una autobiografía desordenada, una memoria paralela que, a veces, recuerda mejor que nosotros mismos.
Estos pequeños libros que quedan, la obra que estrenó en Arthaus Central, parte exactamente de ahí. De esa idea de que la ficción puede ser un lugar adonde ir cuando la vida no encuentra sus propias palabras. Cynthia Edul, dramaturga y directora, confiesa que la obra nació de una anécdota personal y de haber leído mucho El Quijote: fue a la biblioteca a buscar en la literatura una forma de contar algo que le estaba pasando. Y eso, de algún modo, es lo que propone la obra entera.
El resultado no es una historia sobre libros. Es una historia que sucede dentro de la lógica de los libros: fragmentaria, resonante, hecha de citas y silencios, de lo que se dice y de lo que se rodea sin poder nombrarse del todo.

En escena, una madre (Mónica Raiola) y una hija (Agustina Muñoz) buscan algo perdido, algo valioso, en medio de una gran biblioteca. Los libros están desparramados en pilas por el piso. Muchas pilas. Distintos colores, formatos, mezclados. «Deberíamos haberlos bajado por estantes», dice la madre en un momento.
Lo que se busca no se revela de inmediato, y esa demora es parte del dispositivo: lo que importa no es lo perdido en sí sino lo que arrastra consigo, el dolor que carga, la historia que abre su búsqueda. Y en esa búsqueda, también aparecen objetos que se suelen poner en las bibliotecas: fotos, recuerdos de viaje, cartas. Pequeños objetos ligados a un recuerdo.
A medida que buscan entre las páginas de libros, se va conociendo la vida de estas dos mujeres, su relación difícil y amorosa a la vez, los hechos dolorosos que atravesaron juntas. Y aparece, con delicadeza y sin subrayados, algo que la madre prefiere no reconocer: la memoria que se va perdiendo, que se escurre, que ya no retiene lo que debería retener.
Edul no hace de eso un drama clínico ni un alegato. Lo trata como trata la obra todo lo que duele: dejando que los libros lo nombren. Son los poetas y escritores que habitan esa biblioteca los que ponen imágenes donde las palabras propias fallan.

Uno de los hallazgos más potentes de la puesta es la decisión de corporizar la biblioteca en un actor. Ignacio Sánchez Mestre no interpreta a un personaje convencional: es la biblioteca misma hecha cuerpo. Una presencia que se mueve entre Mónica Raiola y Agustina Muñoz. Les acerca libros, los sostiene, los ofrece como se ofrece algo necesario. Pero también les hace trampa, las confunde.
Ese gesto cambia todo. La biblioteca deja de ser decorado o metáfora ilustrativa para volverse un ser vivo con su propia lógica, su propio afecto. En esa encarnación hay algo que la obra dice sin decirlo: los libros no son objetos pasivos. Nos rodean, nos acompañan, intervienen. Nos traen lo que necesitamos aunque no lo hayamos pedido. Como se dice en la obra, aparecen los espíritus encantados que habitan en los libros.
En los momentos en que los personajes dicen en voz alta fragmentos de obras literarias, desde Cervantes a Borges, pasando por autores latinoamericanos, la obra alcanza una dimensión particular: esas voces de otros tiempos y otras vidas resuenan en la sala como ecos que reconocemos, aunque no siempre sepamos bien de dónde.

Estos pequeños libros que quedan pone en escena una pregunta que excede la ficción: ¿cómo se nombra lo perdido? No solo el objeto que buscan la madre y la hija. Lo perdido en sentido amplio: las personas, los vínculos, las versiones de nosotros mismos que ya no están, la memoria que se va.
La respuesta que propone Edul no es una respuesta cerrada. Es más bien una práctica: ir a la literatura. Dejar que otros que ya encontraron las palabras las presten. Que un verso de alguien que vivió hace cien años diga exactamente lo que hoy no podemos articular. Hay algo profundamente generoso en esa propuesta, y también algo verdadero.
La obra «trama vínculos», como dice su propia sinopsis, pero los trama con hilos invisibles: entre las dos mujeres, entre ellas y los libros, entre el escenario y la platea. Uno sale con la sensación de haber estado adentro de algo que también le pertenece.

La obra es una producción de Paraíso Club en colaboración con Arthaus y cuenta con el apoyo de Proteatro.
Estos pequeños libros que quedan, funciones en Arthaus Central (Av. Bartolomé Mitre 434, CABA). Funciones: 8, 22 de junio y 20 y 27 de agosto, a las 20. Localidades $ 20.000 (descuento estudiantes y jubilados $14.000) disponibles en Alternativa Teatral
Ficha artística. Mónica Raiola, Ignacio Sanchez Mestre y Agustina Muñoz. Asistencia de dirección: Amanda Minujin. Foto: Ignacio Coló. Música Original: Guillermina Etkin. Iluminación: Sebastián Francia. Escenografía y vestuario: Paola Delgado. Producción: María La Greca. Autoría y Dirección: Cynthia Edul. Comunicación y prensa: Cecilia Gamboa.
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