iruya

Iruya, entre los 50 lugares más increíbles del mundo

Un pueblo argentino de Salta –pero que se llega desde Jujuy– fue elegido entre los mejores 50 del mundo por la publicación Condé Nast Traveler. Te contamos nuestra experiencia en este mágico lugar.

Curvas y contracurvas, y mucho ripio, es lo que hay que atravesar para llegar al pueblo que parece colgar de las montañas: Iruya. Paradoja del camino, aunque pertenece a Salta, está a unos 307 km de la capital salteña, sólo se puede acceder a través de Jujuy. Pero, el encanto de estos caminos zigzagueantes, donde el paisaje muta a cada tramo,  es el condimento de este viaje que en algún momento se siente casi como en el tiempo. 

Purmamarca, Maimará, Tilcara, Uquía, Humahuaca quedaron atrás y también la ruta asfaltada. “Nos quedan unas tres horas de viaje”, anuncia Cristóbal Ignacio, de San Ignacio Travel, aunque, los kilómetros que separan a Iruya de Humahuaca son sólo 74. Pero en esas horas de viaje no hay lugar para el aburrimiento y sí, para el asombro.  Y en donde a la vuelta de cada curva se descubre algo diferente, ranchos de adobe con techo de paja, en los que el color marrón de sus paredes se confunde con el entorno, o unas terrazas de cultivo, unas llamas  que pastan al costado de la ruta, y lo que obliga a hacer una parada: un típico cementerio, con sus tumbas adornadas con flores de plásticos de todos colores. A un costado del cementerio del otro lado del ruta, hay una pequeña iglesia pintada de blanco, de fondo la cadena montañosa.  “Es el cementerio de Mirayoc”, indica Cristóbal, que además de ser el conductor, cumple el papel de guía, como gran conocedor de la región, ya que nació y se crió en Jujuy.

El trayecto se vuelve placentero, el sol ilumina el paisaje, que va cambiando por tramos de colores, hasta de olores. Cada tanto vemos a lugareños que caminan por esos caminos tan solitarios, y la pregunta es: ¿hacia dónde van?  “Muchos viven detrás de esos cerros”, señala Cristóbal. 

El mágico pueblo salteño, que parece suspendido de las montañas, ofrece un paisaje imponente unido a una historia milenaria.

El auto continúa subiendo y subiendo hasta llegar al  hito de los 4.000 metros sobre el nivel del mar: Llegamos a “Abra del Cóndor”. De un lado, Jujuy, del otro, Salta. A un costado del cartel que marca la altitud, un gran montículo de piedra señala que hay una “apacheta”.  Las apachetas son montículos artificiales formados por de rocas de diferentes tamaños su forma es más o menos cónica y se encuentran ubicadas a los costados de las sendas y caminos de la cordillera. Entre las rocas se pueden observar algunas ofrendas modernas como botellas de vidrio, latas de conservas, colillas de cigarrillos y huesos de animales. Son ofrendas para pedir protección, pero también agradecer a la Madre Tierra, la Pachamama, como se hace desde hace miles de años. El viento sopla fuerte y no hay nadie en el camino, luego de poner una piedra y ofrendar un chorrito de agua, pidiendo que el viaje siga sin contratiempos, se sigue en ruta.

 

Hacia la magia. Si hasta aquí se subió, ahora comienza el descenso hasta Iruya. Son unos 19 km, en donde empieza a aparecer otra paleta de colores, verde, violeta, amarillo, azul, el rosa  y verde seco del cerro Morado, quebradas y montañas con formas curiosas, y el lecho del río Colanzulí, fiel acompañante. En algún punto, los cerros se vuelven murallones, tapizados de un verde aterciopelado. A lo lejos se ve lo sinuoso del camino, que por esta zona se volvió angosto, y más abajo se recorta la silueta del micro Iruya con sus característicos colores celeste y blanco. Hay que esperar en un recodo que pase, no hay lugar para dos autos. De pronto aparece un “campito”, tal como llaman los nativos a las planicies de las alturas. 

Luego de atravesar un túnel y dejar atrás los abismos, irrumpe a lo lejos la iglesia  de cúpula celeste y paredes amarillas. Está allí como desde que se creó en 1753, ella y las casitas que la rodean parecen colgar de un barranco. Tal como dice la copla: “”Iruya es el paraíso quién puede decir que no, rodeado por las montañas en el centro como flor”.

Iruya nació como pueblo de tránsito donde descansaban las caravanas que transportaban mercaderías de la región de los valles a la Puna. Durante años permaneció aislado, hasta que a mediados del siglo XX, se construyó un acceso para vehículos. Hoy, un poco más de mil personas viven allí respetando las costumbres de sus ancestros. 

El origen de su nombre tiene dos versiones.  “Iruya viene tanto del idioma quechua como del aymara”, explican. La palabra original en quechua era “iruyoc”: iru significa “paja” y “yoc”, abundancia. Y esto se ve por el camino, la paja está presente en el adobe de las casas y en sus techos, que hoy en el pueblo fue reemplazada por chapa.  En lengua aymara, sin embargo, el nombre “iruyac” se refiere a la aparición de la Virgen del Rosario entre las pajas (irus) (yac: rostro), donde luego se construyó el templo. La fonética, con el tiempo, perdió esa “c” final del nombre.  Está rodeada de caseríos: Toroyoc, Campo Carrera, Pueblo Viejo, Campo grande, Colanzulí, puntos custodiados por los 5.008 metros del Cerro Morado, que puede ser ascendido entre los meses de abril a noviembre. En la cumbre de este cerro hay dos lagunas donde en época de verano se pueden ver garzas blancas, ”garcitas” como las llaman los lugareños.

Desafío a la gravedad. “¿Va a bajar a la playa?”, pregunta una señora. Y su mirada se dirige hacia el río. El pueblo está encajonado entre montañas de paredes abruptas, rodeado por los ríos Colanzulí, o Iruya, y Milmahuasi.  La “playa” es lo que llaman al lecho del río, que ahora está seco pero aseguran que las lluvias del verano lo vuelven torrentoso. Cuentan los lugareños que el primer domingo de octubre, cuando se realiza la fiesta patronal de la Virgen del Rosario, la playita, o el lecho del río, se llena de puestos en donde se cocina pero también se vende o se intercambian productos. Papa chuqueña, roja, verde, andina, porotos habas, maíz, o las frutas que vienen de la selva.

A través de cabalgatas o trekkings se pueden descubrir pintorescos parajes nativos, casi detenidos en el tiempo.

Las calles de este pintoresco pueblito norteño construido a los 2.730 metros de altura, desafían a la gravedad, son empinadas y empedradas. A pocas cuadras de la iglesia está la plaza del pueblo, rodeada por algunos negocios de venta de comida y alojamientos.  Hay días que la plaza central pierde su habitual calma con la feria donde se vende de todo, la gente baja de los cerros para comprar desde discos hasta choclos y tamales. Vienen de las comunidades vecinas: San Isidro, San Juan, Chiyayoc, Rodeo Colorado. Hay 25 comunidades aborígenes en el departamento de Iruya. 

Una de esas empinadas calles lleva al hotel Iruya, son unas cuatro cuadras, la subida bien vale la pena, pues ofrece una vista panorámica increíble, está encajonado entre cuatro montañas de paredes abruptas, y cortado por los ríos Milmihuasi y Colanzulí. “Recuerde que aquí los tiempos son otros, vaya despacio en todo sentido”, advierte una cartilla de bienvenida. Más allá de que la altura obliga a ir más lento, es cierto: el tiempo transcurre de otra forma, no sólo en los pasos hasta el delay del pensamiento. El lugar ideal para tomarse un tecito de coca si amenaza el mal de altura, o alguna otra bebida, es la terraza del hotel, un verdadero balcón hacia las montañas, que parecen verdaderas murallas, que protegen al río. Desde allí, con el atardecer suelen aparecer  los cóndores que anidan en los cerros, salen a mostrar su belleza volando entre las cu

mbres.

En el hotel funciona un restaurante con algunos platos imperdibles: como la croqueta o el wok de quinoa, los papines andinos y por supuesto la tradicional humita, el locro, o los tamales, que aquí nos dice el cocinero son más ricos, porque “está hecho con el maíz de acá, que es más dulce”. Por la noche, la música andina del grupo Sonqu Wayra acompaña la cena. Javito Wayra es músico y luthier de quenas, antaras y charangos, y heredó de su papá su vocación. “Hace tiempo el colla era nuestra raza, pero hoy nos sentimos collas por el día a día, por nuestra forma de hablar. Somos tranquilos, somos collas. Cada vez que tocamos pensamos en los cerros, en nuestros lugares. El cerro es lo nuestro, es la montaña, es estar libre”, expresa su sentimiento. Y su música interrumpe, por un momento, el silencio de este mágico lugar.

 

Cómo llegar

  • En auto: existe una única forma de hacerlo, pasando la provincia de Jujuy, recorriendo la ruta nacional 9, a 26 km. de Humahuaca está el cruce de rutas, donde se lee “Iruya 54 km”. A 8 km del cruce se llega a la estación Iturbe (Jujuy). Desde allí siempre por camino de tierra, se llega al paraje “Abra del Cóndor”, límite de la provincia de Salta y Jujuy. Sólo restan 19 km de descenso hasta Iruya. 
  • En micro: hay dos compañías que llegan, Transporte Iruya desde Humahuaca (www.transporteiruyasa.com) y el Panamericano, desde San Salvador de Jujuy (0388) 4237330. Tienen varios horarios disponibles.

 

Dónde dormir

  • Hotel Iruya, moderno con un toque minimalista en su decoración, posee 15 habitaciones. En San Martin 641, www.hoteliruya.com
  • Hostal Milmahuasi. Habitación doble con baño privado y desayuno incluido. www.milmahuasi.com

 

Trekkings

(para las caminatas más largas, conviene contratar un guía de la zona)

  • Mirador del Cóndor:  Está ubicado en el cerro que se encuentra justo al frente de Iruya. Desde la iglesia de Iruya, hay que cruzar en primer lugar el puente peatonal para llegar al otro lado del Colanzulí. A partir de allí se empieza el ascenso, de 300 metros de desnivel aproximadamente, que puede llevar entre 1 y 2 horas dependiendo del estado físico y de la resistencia a la puna. El mirador ofrece una vista inmejorable sobre Iruya y los valles y montañas circundantes. Además, es común ver cóndores o aguiluchos volar muy cerca.
  • San Isidro. Para los que gustan de hacer caminatas por las montañas y valles de la región, se puede visitar este pueblo, que está a unos 7 km, y lleva una caminata de 2 a 3 horas aguas arriba por el río al pueblo, donde pueden almorzar o también pernoctar. Hay por varias familias que reciben turistas en sus casas, también artesanos que muestran su trabajo de telar. Además, el pueblo posee un pequeño pero bonito cementerio que vale la pena visitar. La época ideal es de mayo a noviembre. La fiesta patronal San Isidro Labrador es el 15 de mayo.   
  • San Juan y Chiyayoc. Un destino algo menos turísticos es visitar San Juan, lleva un poco más de tiempo: son unas 4 horas desde Iruya, o 4 horas de San Isidro. Aquí  también familias ofrecen alojamientos. Para los más intrépidos: Chiyayoc, son unas 6 horas de caminata, todo por senderos en bajada y ascenso. Estos tres parajes se pueden combinar en una excursión de 4 dias visitando estos lugares hermosos por sus paisajes y su gente tan hospitalaria.